La Luna Escarlata

Todo está dentro de ti


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BESAR UNA SONRISA

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Beso tu sonrisa.

Aunque no pueda besarla.

La que roja ríe en tus labios

y la que brilla en tu mirada.

La beso, como las pompas de jabón

que húmedas estallan

al contacto mínimo de los dedos

que indiscretos alcanzan a tocarlas.

Y cuando aciertes a notarlas, caerán sobre tu pecho

como lluvia de una estrella que en tu piel se reflejó,

antes incluso de nacer, cuando amar sólo era un sueño,

incendiando ese deseo de una chispa que todavía aún no ardió.

A esa distancia, la de la respiración que se delata por agitada,

la que hace que tus ojos se nublen por el vapor de otra mirada,

la de tanta lejanía salvada por el poder mismo de un sentimiento

que no empieza y que tampoco ciertamente acaba,

que no sabe de cordura ni quizá de conveniencia,

que sólo atiende y se concentra en que nace de un lugar

que casi nadie halla, pero que a ti siempre te encuentra…

El corazón…

Mi corazón, loco, ese que aún habla, ese que todavía espera,

ese que resucita aunque no muera,

el que suspira, aquel que canta.

Sí, ese que sueña que imagina que te ama…

 


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MORÍ MIENTRAS MORÍA…

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Veo vuestra danza desde fuera

a pesar de vivirla desde dentro.

Uno sopla y otro enciende el fuego.

Y yo ardo, además de ser la chimenea.

Qué ha sido de lo que antes fue batalla,

de tanto grito y tanto golpe tan violento.

Qué, de tanta gloria y de tanto mal tormento

que os disputabais arrogantes a la cara.

Me hicieron creer que yo debía decidir

Si debiera ganar él al fin

o si ella era finalmente la que gana…

Y yo me seguiré abrasando inevitablemente

en el mismo seco fuego en el que ellos ardan.

Me disputáis,

entre la pasión de mi arrebato

y mi ternura voluptuosa.

Y me poseéis sin que os gobierne,

porque soy hijo de ambos.

Ardo corazón, me quemo, me abraso,

me muero, me lloro, me acabo…

Adiós…

Pero cuando el reloj de la Torre

se acalle porque ya le haya hendido el rayo,

y la intensidad de las llamas decrezca

y vea que me he quemado sin haber llegado a arder…

volveré…

Volveré porque te amo.

Adiós Alma mía.


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EL AMOR DE UNA LUNA…

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De tanto mirarte ya no te veo,

Luna enamorada del cielo.

Parecías fría desde abajo,

cuando en las cálidas noches de verano

te veía, junto a ella, reflejada en el fresco canto del río.

O cuando nos espiabas tan desnuda como nosotros

en las ardientes noches en vela de un agosto estallado y prendido.

Y hoy que te abrazo, siento en ti mi misma soledad,

y muy parecidos anhelos guardados.

Sé que amas Luna, aunque en tu lenguaje no me lo quieras decir,

ni tampoco por quién suspira tu corazón de estrella.

Lo sé porque veo cómo cierras los ojos cuando te ensueñas,

cómo te ruborizan, sin que lo muestres, algunas cosas que escuchas

y que crees que te dicen, que son para ti.

No sabes si eso es así, pero prefieres creerlo, y volver a sonreír de nuevo.

Pero también sé que todas las palabras que has escuchado a los amantes,

de tantas noches cobijados bajo tu amparo, las ha hecho tuyas tu corazón helado.

Y sabes de amor.

Pero, quién ama a la Luna…

Si supieran el caudal de alegría, pasión y gozo que se retiene

tras la luz de tu vaporoso vestido de plata, otras veces oscuro,

y a veces también escarlata…

Si supieran cómo puede amar una Luna… Con que ternura, con que descaro.

Pero yo lo sé. Porque es el mismo amor que yo siento aquí,

sentado junto a ti en medio de un cráter callado.

Luna, no recojas tu velo, mira que el amor siempre acaba volviendo…

Bien sé que no me vas a decir por quién suspiras cuando miras hacia allá abajo,

pero no dejes de hacerlo Luna, que te comprendo, y quizá sea porque yo también lo hago…

Aunque nadie más lo conozca,

aunque ni siquiera tú y yo lo sepamos…